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jueves, 13 de diciembre de 2007

Sor Teresa de Irarrázabal

Con tres locales nocturnos, guardaespaldas y una billetera gordita, esta mujer de 61 años trabaja como china para hacer lo que más le gusta: compartir sus lucas con los más necesitados, porque según ella, es la misión que Dios le dio.



Católica porque su madre la obligaba a ir a misa; separada dos veces; hija de un alcohólico que murió de cirrosis; trabajadora desde los doce años y criada en la población Rosita Renard, en una casa donde el pan no estaba todos los días en la mesa, la tia Mané o Mama como le dicen sus trabajadores y clientes, ahora disfruta a concho su profesión: ser famosa. “Mi mamá me dice que cuando niña yo decía que quería ser famosa, porque pensaba que era una carrera universitaria”, comenta con su mirada cansada y sonrisa de abuelita.

A pasos cortos y lentos recorre todos los días cada rincón de la Kmasú. No se le escapa ni un detalle y todas las decisiones pasan por sus manos. Su celular suena cada cinco minutos y no tiene oficina, sólo tiene una mesa en medio de la pista, donde todos llegan como si quisieran sacarla a bailar, pero ésta les da un par de órdenes y se van.

Duerme cuatro horas diarias y no tiene administrador, “cuando tuve administrador se dedicó sólo a robar”, cuenta con el seño fruncido mientras el celular vibra en la mesa. Trabaja junto a toda su familia: Pancho (36) el hijo mayor lleva las cuentas, Oscarito (30) el menor y más regalón, prepara los eventos y su ex marido Enrique Vergara, estaba cesante y la tia Mané lo dejó encargado del personal.

En el día siempre hay gente que va a pedir trabajo y son muy pocos a los que le va mal. Más de 110 personas hacen funcionar la maquinita farandulera, que lleva seis años metiendo boche en Irarrázabal. “Cuando empezó se llamaba Kamazutra, pero el nombre ya estaba registrado, así que lo modificamos”, recuerda Isabel Vera, una rubia con cara de pocos amigos que lleva 15 años trabajando junto a la famosa de profesión.

La carrera hacia la fama

El camino fue largo y complicado. Comenzó a los 12 años, sin PSU y con sólo cuarto básico, el trabajo la llamaba. Su padre había muerto y la comida no alcanza para los cuatro hermanos. “Mi mamá me consiguió trabajo de nana en un casa de Las Condes”, recuerda con nostalgia. De empleada puertas adentro, pasó a barrer los pasillos de la empresa Luchetti. Duró poco y a los 17 años se fue a trabajar al Laboratorio Sandoz. Aquí trapeó por 20 años y conoció a sus dos maridos. El primero Francisco Ossandón, con el que tuvo a Francisco. Le dio besitos por dos años y después lo echó de la casa por violento y borracho. Luego conoció Enrique Vergara, el papá de Oscar y su actual mano derecha. “Con Enrique estuve 19 años casada, pero lo dejé por mamón y pollerudo”.

Cuando la echaron del laboratorio, se fue con 96 palos en el bolsillo y con eso se compró un auto y una casa que la convirtió en pensión. Tenía más de 40 universitarios bajo su techo, que con una beca que otorgaba el Gobierno, comían y dormían gratis en la casa de la tia Mané. Luego del golpe militar esta beca se eliminó, así que con algunos ahorros puso la cantina El Rincón de Mané, “cuando mi vieja comenzó con la cantina, nunca más la vimos en la casa”, recuerda Pancho el mayor de sus hijos. Las cañas, el olor a cigarro y los viejos curados era el único paisaje del día, hasta que los mismos jóvenes de la pensión, entre visita y visita, transformaron las cañas en piscolas y los boleros en música bailable. El local se llenó de universitarios y quedó chico, así que se cambió a un lugar más grande: el Mané Uno, ubicado también en Irarrázabal. La fama empezaba a llegar y la tia Mané, como la bautizaron los estudiantes, era la preferida de los que les cuesta dormir temprano los fines de semana. De nuevo se hizo chico el local y el Mané Dos no tardó en llegar. “Estábamos todos los días llenos, era de locos”, cuenta Isabel Vera, mesera en ese entonces y actual jefa de seguridad. La platita llegaba a camionadas y había que aprovechar la oportunidad, por eso casi al frente del Mané Dos se construyó la tesis de la carrera de famosa: el Kamazutra Club, que pasaría a llamarse Kmasú.

El reggaetón, los futbolistas, las modelos y las luces pasaron a ser los invitados de honor. Los programas de farándula convirtieron al club es su principal alimento y las rubias siliconas hicieron del local su segunda casa. “Cuando hice mi primera nota en la Kmasú, conocí a la tia y fue como amor a primera vista”, recuerda Kaminski, periodista farandulero que se ganó el corazón de la ahora famosa Mané, que no sabe cuanta plata tiene y lo único que sabe es trabajar a full en sus tres locales: Kmasú, Mané dos y el Ananda de Vitacura.


Repartiendo el tesoro

Todos hemos pensado alguna vez qué hacer con tanta plata: ser mano de guagua, comprarse el mundo entero o tirar billetes a la chuña. “Mi mamá no tuvo infancia, por eso hace todo esto, para que los niños no sufran lo que sufrió ella”, confiesa Oscar, el gordito regalón. En la misma pista donde futbolistas y modelos se besuquean, niños con síndrome de down se hacen güincha bailando los miércoles en la tarde. Todo comenzó después que en un local de Plaza Ñuñoa, ocho niños fueron discriminados por su enfermedad y no les quisieron vender bebidas. La tia Mané los busco en su 4x4, igual que el padre Hurtado en su camioneta. Los encontró y les regaló un día de baile y sorpresas. “A la Mama le encantó la idea y desde ese día que es sagrado regalarle una tarde a los niños especiales”, cuenta Carlos Macaya, encargado de marketing del boliche. Como si esto fuera poco y viendo que todavía sobraban lucas, la tia les regaló el jueves a los niños con sida. Son más de 40 que bailan, ríen y reciben el cariño de los chochos funcionarios del club.

El viejito pascuero no existe, esto no corre con esta señora, “los niños necesitan tener regalos, es su derecho de niño”. Aunque no hay chimenea, el barbón de rojo igual llega hasta Kmasú. Con sus “jo jo jo” reparte regalos a más de 1000 niños que no saben que es ver un arbolito con luces en la casa o compartir una cena el 24 de diciembre. “Este es un don que me dio Dios. No puedo no hacerlo”, cuenta la Mama.

¿Qué pasa si un abuelito quiere bailar al ritmo de la Nueva Ola o tiene ganas de conocer a alguien y conquistarla con un bolero? la tía tiene la respuesta. Los domingo en la tarde, los tangos, rancheros y corridos se toman la Kmazú. Más de 300 abuelos cambian las canastas y el dominó, por una tarde gratuita de baile. Tanto éxito ha tenido esto, hace unas semanas se casaron dos abuelos que se conocieron en esta fiesta de los 60. Ella de 61 años era soltera y él de 80, viudo. La tia les hizo el matrimonio y por si fuera poco los contrató para que trabajen haciendo aseo.

“Lo único que le pido a Dios es salud, porque quiero ver crecer a mi nieto”, cuenta la Mama, que a punta de Noni y hierbas naturales quiere seguir disfrutando su titulo de famosa.















1 comentario:

Paz dijo...

divertido es ver como alaban a esta "señora", se preocupa de sus negocios..y se jacta de su buena voluntad, siendo que hace 11 años atras...quiso que una lola de 17 años abortara un nieto suyo...eso es ser cristiana?...nos alegramos por ella, por ser tan buena actriz...y por rodearse de gente que le teme...eso la hace fuerte. Gracias a Dios mi amiga que fue la afectada jamas le temió...y pudo criar a su hijo lejos de tanto cinismo...y maldad...obviamente todo esto disfrazado de caridad...